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Empleado despedido

A mí también me despidieron. Si, yo también formo parte de una indeseable lista de personas a las que una empresa decidió dejarlas en la calle. Y dejad que os diga una cosa al respecto para dejarlo muy claro desde el principio: es un estigma, pero no te define como profesional ni como persona.

Hoy hago pública mi historia confiando en que mi relato sea de utilidad para otros trabajadores en España, sobre todo para los del sector de IT y el desarrollo software.

El estigma de ser despedido

Seamos sinceros, la profesión es muy importante en nuestras vidas. Nos pasamos años estudiando y formándonos a la vez que nos desarrollamos como personas, trabajando en el desarrollo de una actividad que vamos poco a poco perfeccionando y que se convierte fácilmente en motivo de orgullo, frustraciones, ambiciones o temores. Hablamos de nuestra profesión, nos preocupamos por el valor que aportamos o el que podríamos aportar. Llegamos, incluso, a asociar lo que somos con lo que hacemos a cambio de un sueldo.

En definitiva, nuestra actividad laboral trasciende el mero intercambio entre esfuerzo y dinero y la mera relación de dependencia entre trabajo y capital. Nos afecta, para lo bueno y para lo malo. Nos afecta en nuestra idea sobre el presente, sobre el futuro, en nuestra percepción de las cosas e, incluso, en nuestra autoestima

Por eso, cuando uno se ve en la situación de tener en sus manos una carta de despido, son muchos los pensamientos y emociones que le recorren la mente y se empieza a ser consciente que pasar página va a llevar, con suerte, algo de tiempo.

Los motivos de mi despido

Vivimos en un Estado de Derecho. Por suerte, nuestra sociedad es muy consciente de la mutua necesidad entre capital y trabajo, y de la conveniencia de regular la relación entre ambos factores para minimizar los problemas y abusos, y maximizar el beneficio mutuo. A veces la balanza se inclina hacia un lado y otras hacia el otro con su consiguiente efecto, pero la búsqueda de equilibrio es fundamental para un desarrollo adecuado.

Esto lo aclaro para sentar una serie de principios objetivos en los que creo:

  • a la empresa no le gusta despedir, al trabajador no le gusta ser despedido.
  • La empresa quiere ganar dinero, el trabajador quiere ganar dinero.
  • La relación entre empresa y trabajador a veces aporta beneficio mutuo, y otras veces debe terminar.
  • A veces hay mala fé por parte de alguna de las partes y hay que acudir a la Justicia.

Yo voy a centrarme en esto último, la mala fé, el engaño y la intención de dañar. Pero, antes, permitidme una breve reseña sobre la legislación.

La regulación laboral en España establece que una empresa debe tener motivos para despedir y, en nuestra legislación, estos despidos pueden ser solamente 2.

  1. Despido objetivo: decisión unilateral del empresario por, supuestamente, causas legales.
  2. Despido disciplinario: decisión unilateral del empresario por, supuestamente, incumplimiento grave y culpable del trabajador.

A su vez, esos despidos se pueden calificar como

  1. Procedente: que la empresa tiene razón.
  2. Improcedente: que la empresa no tiene razón y por lo tanto debe pagar una indemnización.
  3. Nulo: que la empresa no tiene razón y además se anula el despido y debe reincorporar al trabajador, compensándole por los sueldos no percibidos.

Más información sobre tipos de despidos aquí

La empresa no me despidió por problemas económicos, ni por cambios de planes, ni por bajo rendimiento, ni por no hacer mi trabajo correctamente, no. En mi caso, el despido fue disciplinario. Esto quiere decir que la empresa tomó una decisión unilateral y redactó una carta de despido en la que me notificaban que el motivo era indisciplina, desobediencia y ofensas.

Despido disciplinario

¡Casi nada!

A continuación esta carta enumeraba una redacción de los hechos ocurridos, siempre según la empresa, para justificar ese despido disciplinario.

Lo importante a tener en cuenta es que un despido disciplinario no conlleva indemnización. Es decir, si una empresa se acoge a un despido por motivos disciplinarios, la empresa no está obligada a pagar una indemnización al trabajador correspondiente a 33 días de salario por cada año de servicio, como sí ocurriría con un despido improcedente.

Cuando el departamento de Recursos Humanos, con quienes solamente había hablado en una ocasión (¡cuando me contrataron!), me notificó en una llamada que me ponían de patitas en la calle sin derecho a indemnización, y lo acompañaron de una carta que también me hicieron llegar por burofax, como exige la ley, me quedé profundamente impactado y en la necesidad de procesar lo que estaba pasando y las opciones que tenía, con cabeza fría.

Despido disciplinario 2

Voy a tratar de ser breve en este relato para no aburrir al lector, y voy a tratar de contener la descripción de todo el cúmulo de sentimientos que me recorrían el cuerpo al escuchar al departamento de Recursos Humanos y a mi responsable directo dándome la noticia, por respecto al lector y para no llenar este artículo con el sarpullido verbal de la indignación, repugnancia y desprecio que la situación y esta empresa en mí evoca incluso 2 años después de que ocurriera.

Sucedió un 3 de abril de 2020, en plena pandemia COVID-19, en medio de la mayor crisis económica que nuestro país había vivido y durante un confinamiento en el que se nos impedía salir de casa salvo para cuestiones de emergencia y de primera necesidad que pudieran ser justificadas.

Mi esposa estaba embarazada de 7 meses y desempleada, mi otra hija de 4 años sobrevivía como podía encerrada en casa sin entender muy bien por qué no podía ir al colegio, al parque o simplemente dar un paseo por la playa. Yo, único sustento familiar, trabajaba 100% en remoto para la empresa como programador de software senior desde hacía ya más de 6 meses y tras haber anunciado a la empresa mi deseo de acogerme a la baja por paternidad en junio/julio/agosto como por ley me correspondía.

De repente me veía en la indeseable situación de quedarme en la calle en un momento en el que iba a ser imposible que me contrataran, sumido en una de las mayores incertidumbres de mi vida.

Aún recuerdo vivamente la imagen de salir a la terraza, dirigirme hacia mi esposa, que en esos momentos buscaba algo de sol y aire para respirar mientras sujetaba su enorme barrigón quizás pensando en cómo iba a cambiar la vida, de nuevo, en unas cuantas semanas, y anunciarle que otros grandes cambios en nuestra vida se habían adelantado. “Me han despedido”, le dije. Bueno, en realidad le dije “I got fired”, porque ella es extranjera y en mi casa hablamos inglés.

Lo peor para mí en ese momento no era la incertidumbre sobre mi presente y futuro económico. En condiciones normales, incluso, no hubiera dudado de que rápidamente surgiría alguna buena oportunidad laboral ya que, por suerte, trabajo en un sector con alta demanda de trabajadores y tengo mucha experiencia y habilidades muy buscadas por las empresas (que soy bueno, vaya, fuera la falsa humildad). Pero no estábamos en condiciones normales, ni mucho menos.

Como digo, lo peor no fue ese miedo a lo desconocido, sino la repugnancia de haber tenido que escuchar y leer una sarta de falsedades y calumnias por parte de una empresa, directivos y peleles a sueldo. Estaba profundamente indignado y herido en mi orgullo. Me habían despedido y, peor, me habían acusado falsa e insultantemente de falta de profesionalismo. No daba crédito, y, por si fuera poco, veía una enorme preocupación en los ojos de mi mujer. Y no era el tipo de preocupaciones a los que me tenía acostumbrado en un habitual intento de buscar tranquilidad y reafirmación de sus pensamientos en mis a veces aparentes muestras de tener las cosas bajo control. Era una preocupación genuina, silenciosa, desencajada y consciente de que, esta vez, no iba a ir acompañada de mi a menudo pretendida y exagerada seguridad sobre el porvenir.

Me hubiera ido inmediatamente a dar una vuelta por la calle para aclarar mis ideas y digerir lo que estaba ocurriendo, pero no podía por el puñetero confinamiento. Eran las 10 o las 11 de la mañana y me veía atrapado en una irremediable prisión de pensamientos entre cuatro paredes.

Bueno, ya está, me decía a mi mismo. La empresa es una mierda, el ambiente era tóxico, el trabajo era desagradable y, de todas formas, no hubiera durado mucho ahí por voluntad propia, me auto-consolaba en voz alta ante la atenta mirada de mi mujer y las preguntas de “What happens papa?” de mi hija mayor.

Y es cierto, odiaba mi trabajo. Desde que entré en esa empresa dejando un puesto cómodo con buenos compañeros en otra empresa donde, por cierto, cobraba más, siempre sentí que quizás no había elegido correctamente. Pero quería esperar a después de la baja por paternidad, cuando las cosas estuvieran más tranquilas y tuviésemos la seguridad de que todo había ido bien.

Me había decidido antes de la pandemia por esta empresa atraído por la fama que tiene, por el inmerecido buen nombre del que aún disfruta. Era un puesto algo diferente a lo que llevaba años haciendo y en el que iba a seguir siendo desarrollador de software pero metiendo la cabeza en un mundo algo diferente, el de los datos y el Big Data.

Había aceptado una oferta buscando un cambio para seguir creciendo como profesional y complementar mis habilidades con tecnologías y conocimientos sobre un ámbito que, creía, complementaría mi perfil profesional y en una empresa que, creía, estaría a la altura y en la que tendría buenas oportunidades para progresar. Pero, mirando atrás, quizás el factor más relevante era el hecho de que era un puesto 100% remoto y eso me atraía mucho, tanto como para ganar 5.000 euros menos anuales. Al final el ahorro en combustible, atascos en carretera y tiempo lo compensará, me decía para justificar el salto hacia atrás.

Es una empresa muy conocida, muy involucrada en aprendizaje y organización de convenciones tecnológicas, seguro que además queda muy bien en el CV continuaba argumentándome inocentemente.

Pero nada más lejos de la realidad. Pocos días tardé en darme cuenta de lo que ahí había y en ver la diferencia entre marketing y realidad. Poco tardé en comprobar que mis expectativas no se correspondían con la realidad, que el trabajo era feo y aburrido, que mis habilidades ni siquiera se demandarían porque ni siquiera verían la necesidad, que el trabajador ideal era el hacedor de tickets, el que reportaba correctamente a sus superiores, el que callaba ante las faltas de respeto de los pesos pesados del equipo y el que se tragaba reprimendas.

Estaba en un mal sitio, en una empresa que además pagaba mal porque se podían permitir pagar mal y dirigir fondos a crear una imagen que le permitiría contratar más barato bajo el paraguas de Microsoft. La típica consultoría cárnica que intenta convencer a propios y extraños de que no son como las demás, con el infantilismo que eso a veces conlleva que me hace recordar a un episodio de Pantomima Full y sus “goaties”.

Lo sé, alguno ahora estará pensando: si le han despedido, por algo será, ya que es obvio que no estaba contento y eso quizás le ha llevado a actuar de una determinada forma que justifica su despido. También me viene a la mente la capulla de mi prima que, cuando le dije “Prima, me han despedido con despido disciplinario”, me dijo “¡qué habrás dicho!”. Vale, el no callarme a veces me juega malas pasadas, pero hay una gran diferencia entre hablar cuando puedes y hablar cuando debes. Y yo hice lo correcto. Si no me crees, sigue leyendo.

Lo cierto es que le he dado muchas vueltas a todo lo ocurrido y, con el tiempo, he conectado cosas que han cobrado más sentido al volver la vista atrás, cuando en su día no daba crédito a por qué estaban ocurriendo. Y voy a intentar aclarar mi opinión, que se resume en lo siguiente:

La empresa fabricó una falsa narrativa tergiversando una situación real para venderla como una insubordinación y falta de profesionalismo con la única intención de hacerme daño, de dar un golpe de autoridad cerrando filas entorno a un ambiente tóxico pero asentado, y ahorrarse unos cuantos miles de euros a mi costa.

La empresa y sus minions se han portado como unos auténticos indeseables (pero la mayoría de mis ex-compañeros no, que quede claro). Y permitidme que os siga contando para explicarlo.

Los verdaderos motivos de mi despido

He dejado claro que yo, muy a gusto, precisamente no estaba en la empresa. Tomad esto como lo que es si somos honestos (y yo lo soy), un factor importante que condiciona mis acciones.

Dos meses antes de ser despedido manifesté cierto descontento por no estar haciendo lo que se suponía que había venido a hacer. Por describirlo rápidamente, soy programador .NET, entré en la empresa como desarrollador de software .NET y en 5 meses no había programado ni 10 líneas de código en .NET C#. Me pasaba el día configurando herramientas, haciendo scripts, creando entornos en Azure e, incluso, las pocas tareas de programación que tenía las hacía programando en Python (!!).

Eso, de por si, no era un gran problema. No me importa aprender cosas diferentes y programar en otros lenguajes. Pero no era lo que me habían dicho que iba a hacer. No tenía nada que ver con el proceso de selección que había superado, ni con mis habilidades. Y, como yo, había tres o cuatro personas en el equipo en la misma situación y bastante decepcionadas con las tareas del día a día y las expectativas.

Por suerte, me pusieron en un proyecto nuevo donde se hacía mucho más desarrollo .NET, con personas que no estaban en mi equipo inicial. Eso me gustaba más y lo agradecí. El proyecto había iniciado y yo había entrado sin haber estado presente en fases de análisis y diseño, directamente cuando ya había un backlog de tickets creados que necesitaban resolverse. Me faltaba mucho contexto. Aún así alcancé a comprender el objetivo de una serie de tareas y, dado que tenía mucha experiencia en temas similares, propuse alguna cosa que fue bien recibida en un primer momento.

Más adelante, y tras crear alguna tarea sobre esa solución pactada con el líder del equipo, en una reunión con mi jefe me preguntó sobre esas tareas y me dio más contexto sobre lo ya existente y algún posible problema de incompatibilidad con lo que contaba que habíamos hecho y sobre lo que el líder técnico había dado el visto bueno.

No había problema, descarté esa solución, y un día después tenía otra solución integrada con lo existente.

Hasta aquí, todo normal, el día a día de cualquier trabajo, incluso con mucha proactividad por mi parte, que para eso soy un ingeniero experimentado y me pagan por trabajar en problemas y aportar soluciones.

Algo empezó a cambiar, sin yo saberlo, pero me di cuenta mucho después cuando hice retrospectiva sobre la serie de eventos que habían llevado a esa situación.

Un breve paréntesis se requiere aquí para dar más contexto sobre una figura clave. El líder del equipo, arquitecto de datos, es una persona difícil de tratar. Es una persona sobre la que ya había escuchado alguna que otra alerta. Yo había notado que esta persona tenía un carácter muy arisco, brusco, con una enorme falta de empatía.

Lo notaba en las contestaciones que daba a miembros del equipo, que me parecían tener un tono fuera de lugar, en el temor que inspiraba en éstos. Lo notaba en conversaciones con otros miembros del equipo que, directamente, hablaban de lo mal que lo habían pasado trabajando con esta persona, de cómo era capaz de afectarles en su día a día. Alguno reconocía haber soltado alguna lágrima, incluso, de impotencia y humillación.

Lo notaba también cuando en alguna tarea nueva en la que me metían, debía contactarle para que me pusiera en contexto, y recuerdo tener que decirle varias veces en la reunión que por favor me diera más contexto y me dijera cuál era el objetivo. Es decir, este tipo tenía tantísima incapacidad para empatizar y para ponerse en la situación del prójimo, que no alcanzaba a entender que una persona nueva en el equipo, que es asignado recientemente en un proyecto del que no sabe nada, quizás necesitaría 5 minutos de una conversación donde se le explique qué hay que hacer antes de dictar cómo hacerlo. No había manera, debía acudir a otras personas para ello.

Voy a hablar muy claro, el líder técnico / arquitecto de ese equipo era un auténtico imbécil. Una persona de esas que puede crear un entorno tan tóxico, si no se le paran los pies, que hará que muchas otras huyan y que la mayoría agache la cabeza por su propio bien. Yo no soporto a este tipo de personas, pero el culpable no era él sino los responsables que lo permitían.

Se hablaba de que había habido gente en el pasado que se había quejado de esta persona y se habían acabado yendo porque este antisocial y triste personaje contaba con la confianza del jefe al haber estado con él desde el principio o por haberle sido leal en sus trifulcas internas con otros departamentos. Un verdadero antihéroe, sumiso con los fuertes y cruel con los débiles, de esos a quien a cierto tipo de jefes y reyes desnudos les gusta rodearse.

En una ocasión le llegué a decir a mi jefe que era difícil trabajar con esta persona y me dijo que era consciente de su carácter “especial” pero que era un incomprendido. En ese momento le di la razón del loco. Visto lo visto ya se intuía que para él el problema éramos los demás.

Despido incomprendido

En una reunión con todo el equipo en la que hablábamos de lo que habíamos hecho en las últimas semanas (i.e: sprint review / retrospective), durante mi turno comencé hablando de cómo en un primer momento se planteó una solución que después se deshechó por otra. En ese momento, el líder técnico, con malas formas, me interrumpió diciendo que no tenía por qué mencionar siquiera esa primera solución. Yo no sabía por qué, pero repliqué diciendo que quizás era relevante para algunos conocer lo que se había hecho y cómo. Se escuchó, en ese momento, a un par de personas decir en público que ellos estaban interesados en conocerlo. Esto enfureció al líder técnico, que enseguida me espetó un ¡tú haces lo que te da la gana siempre! seguido de varios gritos, mientras resoplaba en el micrófono ante mi comentario de que quizás a alguien le parece interesante y todos estamos contando qué es lo que hemos hecho. Volvió a lanzar un grito tan tajante como autoritario diciendo que ¡Eso no le interesa a nadie!.

Yo no daba crédito. No entendía su reacción, ni sus formas. Me sentía humillado, como un niño que debe aguantar una reprimenda y que solamente recibe gritos y desprecio ante una educada insistencia en que me dejaran exponer mi trabajo. Decidí decir que no iba a hacer la demostración entonces.

Ante la tensa situación, un responsable decide aplazar la reunión una hora y posponerla hasta después del almuerzo.

Aproveché ese momento para contestar a algunos compañeros que por privado me preguntaban que ¿qué coño había pasado? y ¿por qué se ha puesto a gritar el líder técnico?. Decido entonces enviar un email mostrando mi malestar al responsable del proyecto y al jefe, que no habían estado en la reunión. En el email les solicito una reunión para aclarar lo sucedido, si así lo desean, porque considero una enorme falta de respeto lo ocurrido.

El jefe me llama unos minutos después, junto con el responsable de proyecto. Inocente de mí, pensé que me llamarían para satisfacer mi solicitud de hablar de lo sucedido, que les contara lo que había pasado y mediar en el asunto. Pero no fue así. Cuando inicia la llamada el jefe dice algo así como no he estado en la reunión pero tienes suerte de que no haya estado porque no toleraría lo que has hecho...

Yo cada vez daba menos crédito a lo ocurrido. Disculpa, ¿pero a qué te refieres? Su tono se elevaba, yo ya empezaba a entrever que había tocado alguna fibra prohibida, pero aún no entendía bien qué es lo que estaba ocurriendo para que el líder técnico me hubiese lanzado semejante e irrespetuosa reprimenda y que los jefes ni siquiera quisieran conocer los hechos o mi opinión sino que directamente me habían sentenciado de alguna forma y me estaba cayendo otra reprimenda.

Aludían a mi insistencia en una solución. Yo no lo entendía, lo negaba, decía que jamás había insistido en esa solución, que, de hecho, la sustituí en un día y todos lo sabían porque les había tenido informados. Me decían que no debería ni siquiera haberlo mencionado y les argumenté que consideré apropiado mencionar en pocos segundos el recorrido realizado hasta la entrega de la solución porque, al fin y al cabo, de eso se trataba la reunión.

Os juro que no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Pero recuerdo comenzar a grabar la conversación porque ya intuía que algo grave estaba ocurriendo.

Les insté a preguntar a los compañeros, ya que no me preguntaban a mí, y quedamos en que así lo harían.

Después se reanudó la reunión. El líder técnico no asisitió. En esta reunión hicimos retrospectiva. En mi turno dije que había habido una experiencia muy negativa de la que todos habían sido testigos y que yo, personalmente, nunca voy a tolerar faltas de respeto semejantes porque no encajan con mis valores en el entorno de trabajo y no estoy acostumbrado a ellas ni quiero estarlo. Les dije literalmente que tenía la sensación de que había un elefante en la habitación que todo el mundo prefería ignorar, que nunca había visto algo así, pero les manifesté mi intención de no hacer una montaña de un grano de arena y de someterlo a votación y discusión si coincidían con mi parecer.

El 95% de los compañeros votó mi propuesta de investigar y aclarar los hechos. Me sentí muy respaldado por mis compañeros, al menos de forma anónima, y sentí cierto alivio, la verdad. Sin saberlo en ese momento, el hablar claro y con respeto sobre las recurrentes faltas de respeto me había puesto en una diana. El apoyo anónimo de mis compañeros a mi propuesta me había sentenciado. Solamente faltaba fabricar la narrativa.

8 días después, (si, pasaron 8 días), recursos humanos me convoca a una reunión a la que asisten mis jefes en silencio, y me comunican mi despido disciplinario.

En esos momentos, al leer la carta de despido en la que curiosamente no se mencionaba NADA sobre mi encontronazo público con el líder técnico ni los hechos derivados me di cuenta de que llevaban días fabricando una burda excusa. No entendía por qué aludían a falsedades. Llegué a pensar que lo único que tenía sentido es que me estuvieran despidiendo realmente porque había anunciado mi baja por paternidad y estaba próxima.

También llegué a pensar que me despedían para eliminar lastre (e.g: embarazados bien pagados y nuevos, que además no se caracterizan por su sumisión ante lo que se considera rechazable) ya que el CEO había enviado recientemente dos emails hablando de la cancelación de eventos y de una preocupación por el futuro, pidiendo cautela y hacer todo lo posible por garantizar la solvencia de la empresa. Despido CEO

Eso era lo único que tenía sentido en mi cabeza. Porque, de nuevo, ¿por qué iban si no a inventarse semejante descripción de hechos constitutivos de falta grave y despido disciplinario? ¿por qué no me despedían con un despido improcedente directamente, me pagaban la indemnización correspondiente y todos “contentos”?

Supongo que la respuesta es más simple de lo que yo creía: querían hacer daño. Había habido una persona que no había callado lo que otros muchos antes que él habían callado, que les había puesto un espejo con una imagen que quizás les producía vergüenza porque no querían verla, ya que es una empresa que presume de valores, horizontalidad, inclusión y demás palabras que suenan muy bien. Querían zanjar lo que temían pudiera convertirse en un problema general, lo cual no era mi intención, pero entiendo que podría ser una posibilidad en ese momento ya que había muchísimo descontento en el equipo y, de hecho, muchos se fueron en los meses siguientes.

Digamos que toqué una fibra sensible y quisieron dar una lección a todos con mi cabeza, aún a riesgo de caer en las más profundas bajezas de lo ético y lo profesional. Estoy convencido y, la verdad, encaja bastante bien con los verdaderos valores de esa empresa de puertas adentro.

La denuncia contra la empresa

Volviendo al tema legal. Con una carta de despido en la mano, mis opciones pasaban por agachar la cabeza, lamerme las heridas y pasar página, o por plantar batalla, lavar mi imagen y buscar justicia. Os adelanto que yo soy más de lo segundo.

Así lo hice, inmediatamente contacté con algún sindicato para buscar consejo y decidí afiliarme a CCOO porque en su día mis padres estuvieron afiliados y siempre me hablaban de que “eran los que más se movían”. Debo reconocer que no tengo mucha simpatía por los sindicatos actualmente y soy partidario de que se financien con las cuotas de sus afiliados y no mediante el Estado, peroel sindicalismo, en sí, es necesario. Pero dejemos esos temas políticos e ideológicos a un lado y centrémonos en lo importante: los sindicatos sirven a los intereses de los trabajadores. Yo soy un trabajador, vivo de mi trabajo y en ese momento consideré oportuno afiliarme, pagar mis cuotas y buscar apoyo de expertos.

Me asignaron un abogado que me explicó las opciones. Me hizo preguntas, me pidió que le redactara un resumen de los hechos, que le aportara pruebas que tuviera. Así lo hice.

“¿Cómo? ¿Que teniendo contrato indefinido te han despedido con falsedades y con despido disciplinario sin indemnización y después de haber anunciado tu deseo de acogerte a una baja por paternidad? preguntaba.

Así es. respondía yo

¿Y tienes pruebas de esto?

Si, tengo un email en el que, tras pasar mi periodo de prueba, anunciaba a mi jefe y a RRHH mi intención de disfrutar de la baja por paternidad en Junio, Julio y Agosto, dependiendo de cuándo naciera el bebé, e instándoles a tenerlo en cuenta por si debían planificar para cubrir mi ausencia. Y tengo por email su respuesta en la que mi jefe me da la enhorabuena, lo cual yo se lo agradezco

Despido paternidad

Preparamos y redactamos la denuncia a la empresa.

Solicitábamos la nulidad del despido por considerarlo una violación de derechos fundamentales, al considerar que, tratándose de falsedades argumentadas por la empresa, la verdadera razón era la de echar a un trabajador que se iba a ausentar por paternidad.

Igual que a una mujer no se le puede despedir por anunciar su embarazo, a un hombre tampoco. Más aún ahora que, precisamente, la legislación concede el mismo permiso retribuido tanto al padre como a la madre, en caso de embarazo y nacimiento, para evitar discriminación.

En caso de que no se concediera la nulidad, también solicitábamos la improcedencia del despido y la correspondiente indemnización conforme a la ley.

Reuní todo tipo de pruebas para invalidar todos y cada una de las falsedades que se mencionaban en la carta. Lo bueno de trabajar en remoto era que tuve tiempo, tras ser despedido, de acceder a emails y conversaciones en Teams que tenía en mi computadora, a pesar de que me hubieran cerrado el acceso a los sistemas de la empresa.

Despido paternidad Despido paternidad Despido paternidad Despido paternidad

Recuerdo cómo me corría fuego por la sangre con cada línea de texto que leía en la carta de despido cada vez que encontraba una o varias pruebas que lo desmontaban. Intentaba redactar las cosas de la forma más neutra posible para mi abogado, pero si alguien hubiera estado junto a mí mientras tecleaba hubiera escuchado algún que otro resoplido e insulto entre dientes. Soy humano, y en ese momento tenía un odio que, o bien aprendía poco a poco a sobrellevar centrándome en la justicia que tarde o temprano llegaría, o me comería por dentro. De nuevo, el estar confinados no ayudaba mentalmente a sobrellevarlo.

El abogado me dijo que al ser una denuncia por atentar contra derechos humanos, legalmente se invertía la carga y era la empresa quienes tendrían que demostrar que lo que argumentaban era cierto. Perfecto me dije, van a quedar como lo que son cuando les muestre uno por uno todas las pruebas, emails, capturas e incluso audios que desmontaban esa falsa narrativa.

El proceso era muy lento. Los juzgados estaban saturados desde la pandemia por las restricciones y por la enorme cantidad de juicios pendientes por despidos, ERE y ERTE. Mi abogado me recomendó que esperara tranquilo, que intentara olvidarlo por ahora y que, llegado el día, lo retomaríamos para preparar el juicio.

Y vaya si se hizo largo, más de dos años desde que se interpuso la denuncia hasta la celebración del juicio. Uno se pregunta si realmente la justicia es justicia cuando tarda tanto en llegar. Pero es lo que tiene el dedicar pocos recursos a la Justicia y el tener tantas empresas sinvergüenzas incumpliendo descaradamente la ley. Tocaba esperar.

Hubo un acto de conciliación programado en el que, previsiblemente, ambas partes mantuvimos nuestra intención de continuar con el juicio. Recuerdo que fui a los juzgados de Sevilla solamente para firmar un papel y para que, uno de los empleados de la empresa de esa oficina de Sevilla, y en nombre de la empresa, leyera un papel y firmara.

A ese chico lo había conocido el día que entré en la empresa y no sabía nada de mí o del equipo en el que estaba o de los hechos. Fue muy simpático y tengo que decir que me alegré de su reacción al contarle lo que había ocurrido. No dejaba de ser otro trabajador haciendo lo que le habían mandado hacer.

Finalmente la fecha del juicio se señaló para el 21 de junio de 2022 en el Juzgado de lo Social 1 de Sevilla.

El resultado

4 días antes de la celebración del juicio, mi abogado me contacta diciendo que la empresa quiere llegar a un acuerdo. Han visto que no nos echamos para atrás, han agotado los plazos y el juicio es inevitable e inminente, por lo que prefieren evitarlo.

Discuto con el abogado las opciones.

Habíamos pedido la nulidad del despido. Mi abogado me dice que el problema es que si el juez concede esa nulidad, la empresa estará obligada a readmitirme y tendrá que pagar los sueldos de tramitación (los sueldos que no he percibido desde que me despidieron hasta que me reincorporo en la empresa). Pero que al tener yo trabajo, y además cobrar mucho más, en la ejecución se descontaría ese dinero y no percibiría, siquiera, esos sueldos de tramitación. Además, decía, no creo que desees renunciar a tu trabajo actual para reincorporarte otra vez en esta empresa..

¡Qué frustración! Un sentimiento de injusticia me invadía al escuchar estas cosas. Una empresa puede despedir con calumnias a un trabajador, aludiendo a despido disciplinario para no tener que pagarle ninguna indemnización. Pocos son los trabajadores que denuncian a la empresa, y éstas lo saben. De los que lo hacemos, para cuando llega el juicio, saben que pueden ceder para evitar un juicio que saben que perderían, y ofrecer esa indemnización que deberían haber pagado en su día.

Me veía en la tesitura de tener que decidir entre una venganza personal obligando a la empresa a que me readmitiera o aceptar la indemnización que me correspondía por ley y que, finalmente, se dignan a reconocerme.

No voy a mentir. Fantaseaba con ir al juicio y tener a mi antiguo jefe, citado como testigo, mirándome a la cara y teniendo que contestar a preguntas. Fantaseaba imaginando las trolas que soltaría para justificar la narrativa fabricada, cometiendo una ilegalidad al dar un falso testimonio, o quedando como lo que es, un mentiroso, en un juzgado. Fantaseaba con que condenaran a la empresa a readmitirme y pagarme sueldos de tramitación, además de las costas de juicio, etc. Fantaseaba con volver a la empresa durante unos días (porque desde luego no iba a durar ni un par de días y estoy seguro de que mi empresa actual me volvería a contratar sin problema si les explicaba el tema), saludar a la gente, ver la cara de RRHH y de los jefes y disfrutar de la vergüenza que deberían pasar.

Pero mi abogado, hombre pragmático como debe ser, apagaba mi vengativo fuego con dosis de realidad. Mira Diego, tienes que verlo como que finalmente se ha hecho justicia. Te van a dar lo que te deberían haber dado, lo que te corresponde, y además vas a lavar tu imagen y estarás contento de esa victoria sin por ello meterte en una situación que también será incómoda para ti porque deberás dejar tu trabajo en el que estás contento y meterte en territorio hostil

Así es. Frustrante, injusto que les salga tan barato la difamación, la mentira y el castigo. Pero debo agarrarme a lo que me dice el abogado.

Hoy tengo en mi cuenta bancaria la indemnización que me correspondía. Hoy se ha hecho justicia en ese sentido, he lavado mi honor. Soy un buen profesional, un gran profesional, de eso nunca he tenido duda. He hecho lo correcto, he plantado cara, he sido valiente, justo y honesto. No puedo decir lo mismo de esta empresa a quienes les deseo que su falta de ética y pésima gestión les pase factura algún día.

Conclusiones

Poco más puedo añadir, salvo incidir en una cosa: Denunciad, denunciad, denunciad. Muchas empresas se aprovechan de la situación, de la relativa impunidad con la que pueden verter mierda sobre una persona a la que dejan en la calle con los argumentos que les de la gana, porque saben que una gran mayoría no denunciará, agachará la cabeza y buscará otra cosa.

Pero os aseguro que el sentimiento de saber que estás haciendo lo correcto y la búsqueda de justicia, te da muchísimos ánimos para sobrellevar la situación.

He rehecho mi vida, por supuesto, pero nunca olvidaré lo que ocurrió, ni olvidaré a las personas que se acercaron a mí mostrando su solidaridad porque habían sido testigos de parte de la historia, ni olvidaré a aquellas que no tuvieron ni una sola palabra de ánimo y callaron, como también callaron durante mucho tiempo antes. Espero que algunas hayan leído estas líneas y que sepan que ya no guardo ningún rencor, porque por fin se ha hecho justicia.

Despido improcedencia

… aunque haya tenido que esperar demasiado y pelearlo.